No todo es tan negro; las fortalezas están ahí para apoyar la reconstrucción
Isidora Mena
Psicóloga UC
Los medios acercan las imágenes de la catástrofe. Nos conmueven y movilizan las ganas de ayudar. Las propias experiencias nos tienen asustados y lo que vemos del desastre profundiza ese temor.
Sin embargo, tuve el privilegio de conformar un equipo de la Escuela de Psicología de la UC que acudió a la zona del desastre en una tarea asignada por la Onemi a la FEUC: conocer de cerca el problema para diseñar mejor las formas de ayuda.
Y lo que vimos nos permitió completar la imagen que entregan los medios del desastre: no todo está devastado. Al lado de una casa de adobe que está en el suelo, hay tres o cuatro muy bien paradas. Autoridades, jóvenes y adultos, regionales y afuerinos, apoyando y coordinándose en medio del desastre. Vimos un país que funciona y tiene activa su capacidad solidaria y de organización.
En una intensa jornada reconocimos, además del desastre, las fortalezas de nuestro país.
En Cobquecura, el poblado más cercano al epicentro del terremoto, pero que no fue asolado por la furia del mar, los pobladores siguen acampando en el cerro no por falta de viviendas, sino por miedo a un maremoto. Los que efectivamente quedaron sin casa cuentan con ayuda organizada.
A nuestra llegada, que fue sin previo aviso, fuimos testigos de cómo el alcalde y el gobernador dirigían y coordinaban de forma eficiente una reunión con varias organizaciones que llegaron a la zona con ayuda concreta y previamente determinada: la ministra de Mideplan, directores del Fosis, el Hogar de Cristo regional, una delegación de treinta bomberos de Antofagasta. Nuestro equipo se sumó a ella.
En la pieza contigua, una decena de voluntarios organizaban un número importante de donaciones.
“Aquí nos demoramos exactamente 15 minutos en evacuar y llegar a los cerros; estábamos organizados hace años”, explicó el alcalde Julio Fuentes. “No hubo ni un muerto y esto nos demuestra de lo que somos capaces cuando nos organizamos”.
“¿Hay saqueos y muestras de poca solidaridad?”, le preguntaron. “Ninguna —respondió—, por el contrario. Para que eso no ocurriera decidimos no entregar ayuda individual, desatando la codicia, sino sólo a las organizaciones del pueblo. Esto permite que el mismo grupo haga el control social”, explicó el alcalde, ex profesor de enseñanza básica.
Seguimos a Curanipe, Pelluhue y otros pueblos, y sí, el desastre es grande. En Curanipe vimos a militares buscando víctimas bajo los escombros de un puente destruido, mientras algunos, premunidos de mascarillas, esperaban noticias.
En Pelluhue, más de un kilómetro de casas fueron arrasadas por el mar. Un espectáculo de terror. Un par de paredes paradas con ventanas donde todavía flameaban las cortinas. Pero al otro lado de la calle, el pueblo se veía funcionando. Muchas cuadras con casas en buen estado, almacenes abiertos, gente limpiando los despojos del sismo.
Pelluhue no es un pueblo devastado, es un pueblo herido, con organizaciones activas que hay que apoyar y ponerse a su servicio. Una buena intervención se sustenta en las fortalezas y empodera a los encargados locales; de lo contrario, la ayuda puede fundirse con el desastre.
Es cierto, hay localidades con una situación social violenta, pero también están las que tienen sus organizaciones activas y espíritu solidario. Conviene saberlo. Porque pintar el panorama sólo de negro hace decaer el ánimo de quienes están en terreno esforzándose en la reconstrucción.
Que nuestros niños no queden con la idea de que el país está en el suelo, porque nos privaremos de lo que realmente somos y por lo que nos reconocen en el resto del mundo.
Camino a seguir Una buena intervención de ayuda en la catástrofe debe sustentarse en las fortalezas de su gente y empodera a los encargados locales para organizarla.
Carmen Figueroa Cox
Editora de las secciones “Vida, Ciencia, Tecnología”
y “Educación”
El Mercurio
Santiago
Chile


